RECUPERACIÓN FILOSOFÍA PARA NIÑOS Y LECTURA CRÍTICA
II PERIODO 2018 GRADO 8°
Estudiantes de grado 8°
Por favor tener en cuenta las siguientes recomendaciones:
1. Presentar el trabajo a mano y con sus propias ideas
2. Tener en cuenta ortografía y caligrafía legible
3. Fecha de entrega julio 10 en la hora de clase
4. El mismo día de la entrega se llevará a cabo la sustentación (clase) y en esta se tendrá en cuenta el desempeño, participación, trabajo y entrega de lo correspondiente a esta.
5. Recuerdo que el trabajo tiene un porcentaje del 30% y la sustentación del 70%. Todo se califica sobre 3.7 como máximo.
El taller es el siguiente:
1. Elaborar un crucigrama con 20 palabras significativas utilizadas en los ejes literarios del segundo periodo (estos fueron entregados en físico en cada una de las sesiones). Tener en cuenta las verticales (10) y horizontales (10) anexar las respuestas.
2. Realice la siguiente lectura y después con sus palabras defina las palabras: Duda, certeza y opinón.
LA DUDA, LA OPINIÓN Y LA CERTEZA
¿Qué hace bueno el diagnóstico de un médico?
¿Qué hace buenas la decisión de un árbitro y la sentencia de un juez? Sólo esto:
la verdad. Por eso, una vida digna sólo se puede sostener sobre el respeto a la
verdad. Pero conocer la verdad no es fácil. De hecho, la credibilidad que
otorgamos a nuestros propios conocimientos admite tres grados: la duda, la
opinión y la certeza. En la duda fluctuamos entre la afirmación y la negación
de una determinada proposición. Por encima de la duda está la opinión: adhesión
a una proposición sin excluir la posibilidad de que sea falsa. El hombre se ve
obligado a opinar porque la limitación de su conocimiento le impide alcanzar a
menudo la certeza: puede llover o no llover, puedo morir antes o después de
cumplir setenta años. La libertad humana es otro claro factor de incertidumbre:
hablar sobre la configuración futura de la sociedad o de nuestra propia vida,
es entrar de lleno en el terreno de lo opinable. Lo cual no significa que todas
las opiniones valgan lo mismo. Si así fuera, se ha dicho maliciosamente que
habría que tener muy en cuenta la opinión de los tontos, pues son mayoría.
Séneca aconsejaba que las opiniones no debían ser contadas sino pesadas.
Llamamos escéptico al que niega toda posibilidad
de ir más allá de la opinión. Por tanto, el escepticismo es la postura que
niega la capacidad humana para alcanzar la verdad. La palabra procede del
griego sképtomai, que significa examinar, observar detenidamente, indagar. En
sentido filosófico, escepticismo es la actitud del que reflexiona y concluye
que nada se puede afirmar con certeza, por lo que más vale refugiarse en la
abstención de todo juicio. Por fortuna, no todo es opinable. Lo que se conoce
de forma inequívoca no es opinable sino cierto. Y no se debe tomar lo cierto
como opinable, ni viceversa: no puedes opinar que la Tierra es mayor que la
Luna, ni asegurar con certeza que la república es la mejor forma de gobierno.
La certeza se fundamenta en la evidencia, y la
evidencia no es otra cosa que la presencia patente de la realidad. La evidencia
es mediata cuando no se da en la conclusión sino en los pasos que conducen a
ella: no conozco a los padres de Antonio, pero la existencia de Antonio
evidencia la de sus padres, la hace necesaria. La existencia de Antonio, al que
veo todos los días, es para mí una certeza inmediata; la existencia actual o
pasada de sus padres, a los que nunca he visto, también me resulta evidente,
pero con una evidencia no directa sino mediata, que me viene por medio de su
hijo.
La condición limitada del hombre hace que la
mayoría de sus conocimientos no se realicen de forma inmediata. Son pocos los
hombres que han visto las moléculas, los fondos marinos, la estratosfera o
Madagascar. La mayoría de los hombres tampoco han visto jamás, ni verán nunca,
a Julio César o a Carlomagno. Sin embargo, conocen con certeza la existencia de
esas y otras muchas personas y realidades. Su certeza se apoya en un tipo de
evidencia mediata: la proporcionada por un conjunto unánime de testigos. En un
caso, la comunidad científica; en otro, las imágenes de todos los medios de
comunicación; y si se trata de hechos o personajes del pasado, los testimonios
elocuentes de la historia y de la arqueología.
Estas evidencias mediatas se apoyan no en
propios razonamientos sino en segundas o terceras personas. Si no admitiéramos
su valor, si no creyéramos a nadie, nuestros padres no podrían educarnos, la
ciencia no progresaría, no existiría la enseñanza, leer no tendría sentido...
Es decir, si sólo concediésemos valor a lo conocido por uno mismo, la vida
social, además de estar integrada por individuos ignorantes, sería imposible.
Por tanto, es necesario y razonable dar crédito, creer.
¿Puede tener certeza quien cree? Sabemos que la
certeza nace de la evidencia. ¿Qué evidencia se le ofrece al que cree? Sólo
una: la de la credibilidad del testigo. El que no ha estado en América cree en
los que sí han estado y atestiguan su existencia. El que nunca ha visto a
Hitler cree a los que sí lo vieron. Y antes que Hitler, Napoleón, el Cid o
Nerón. En todos estos casos es evidente la credibilidad de los testigos. Y
entre esos casos debemos incluir los que dan origen a algunas creencias
religiosas. Por eso, la fe -creer el testimonio de alguien- es una exigencia
racional, y su exclusión es una reducción arbitraria de las posibilidades
humanas.
La
inclinación subjetiva
Si la verdad es la adecuación entre el entendimiento
y la realidad, depende más de lo que son las cosas que del sujeto que las
conoce. Ese sentido tienen los versos de Antonio Machado:
¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.
Es el sujeto quien debe adaptarse a la realidad,
reconociéndola como es, de forma parecida a como el guante se adapta a la mano.
Pero no siempre sucede así. El subjetivismo surge precisamente cuando la
inteligencia prefiere colorear la realidad según sus propios gustos: entonces
la verdad ya no se descubre en las cosas sino que se inventa a partir de ellas.
La causa más frecuente del subjetivismo son los
intereses personales. Con frecuencia, la atracción de la comodidad, de la
riqueza, del poder, de la fama, del éxito, del placer o del amor, pueden tener
más peso que la propia verdad. Por eso, si suspendo un examen, nunca será por
no haberlo estudiado sino por mala suerte o por exigencia excesiva del
profesor. Y si el suspendido es un niño, mamá jamás dudará de la capacidad de
la criatura: antes pondrá en duda la idoneidad del profesor o del libro de
texto, o asegurará que su hijo es listísimo aunque "algo" vago y
despistado.
El subjetivismo, además de afectar a lo más
trivial, también deforma las cuestiones más graves: el terrorista está convencido
de que su causa es justa; la mujer que aborta quiere creer que sólo interrumpe
el embarazo; el suicida se quita la vida bajo el peso de problemas no
exactamente reales, agigantados por su enfermiza subjetividad; al antiguo
defensor de la esclavitud y al moderno racista les conviene pensar que los
hombres somos esencialmente desiguales.
Para que la verdad sea aceptada es preciso que
encuentre una persona habituada a reconocer las cosas como son, y el que vive
según sus exclusivos intereses suele carecer de la fortaleza necesaria para
afrontar las consecuencias de la verdad. Pero al hombre no le resulta fácil
hacer o pensar lo que no debe. Por eso, para evitar esa violencia interna, si
se vive de espaldas a la verdad se acaba en la autojustificación. La historia
humana es una historia plagada de autojustificaciones más o menos pobres. Ya
decía Hegel que todo lo malo que ha ocurrido en el mundo, desde Adán, puede
justificarse con buenas razones. Al menos, puede intentarse.
El peso de la mayoría
Por su identificación con la realidad, la verdad
no consiste en la opinión de la mayoría, ni el el común denominador de las
diferentes opiniones. Por eso, elegir como criterio de conducta lo que hace o
piensa la mayoría de la gente constituye una pobre elección, y suele ser la
coartada de la propia falta de personalidad o del propio interés. Además,
invocar la mayoría como criterio de verdad equivale a despreciar la
inteligencia. En este sentido, E. Fromm piensa que el hecho de que millones de
personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; el
hecho de que compartan muchos errores no convierte éstos en verdades; y el
hecho de que millones de personas padezcan las mismas formas de patología
mental no hace de estas personas gente equilibrada.
Es un gran error confundir la verdad con el
hecho puro y simple de que un determinado número de personas acepten o no una
proposición. Si se acepta esa identificación entre verdad y consenso social,
cerramos el camino a la inteligencia y la sometemos a quienes pueden crear
artificialmente ese consenso con los medios que tienen a su alcance. Es como
decir que ya no existe la verdad, y que se debe considerar como tal aquello que
decide quien tiene poder para imponer mayoritariamente su opinión. "Por suerte,
la opinión pública todavía no se ha dado cuenta de que opina lo que quiere la
opinión privada", decía el director de una importante empresa de
comunicación.
La mentira se puede imponer de muchas maneras, y
no sólo con la complicidad de los grandes medios de comunicación. Sin ellos,
Sócrates fue calumniado hace más de dos mil años: "Sí, atenienses, hay que
defenderse y tratar de arrancaros del ánimo, en tan corto espacio de tiempo,
una calumnia que habéis estado escuchando tantos años de mis acusadores. Y bien
quisiera conseguirlo, más la cosa me parece difícil y no me hago ilusiones.
Intrigantes, activos, numerosos, hablando de mí con un plan concertado de
antemano y de manera persuasiva, os han llenado los oídos de falsedades desde
hace ya mucho tiempo, y prosiguen violentamente su campaña de calumnias"
(Platón, Apología de Sócrates).
Sócrates representa la situación del hombre
aislado por defender verdades éticas fundamentales. Pertenece a esa clase de
hombres apasionados por la verdad e indiferentes a las opiniones cambiantes de
la mayoría. Hombres que comprometieron su vida en la solución a este problema
radical: ¿es preferible equivocarse con la mayoría o tener razón contra ella?
La pregunta de Pilatos
¿Qué es la verdad? La famosa pregunta de Pilatos
es el gran interrogante de toda la humanidad, porque la vida humana es un
laberinto que sólo puede recorrer con seguridad quien conoce sus caminos. Con
metáfora parecida al laberinto, se nos sugiere que lo que vemos de la realidad
podría ser solamente la primera planta de un enorme edificio con innumerables
pisos por encima y bajo tierra. No es mala imagen, pero nos gustaría un poco
más de rigor y acudimos a Stephen Hawking, uno de los astrofísicos sucesores de
Einstein, tristemente famoso por su condena a silla de ruedas por esclerosis
múltiple. Al final de su ensayo Breve historia del tiempo, se atreve a decir
que la ciencia jamás será capaz de responder a la última de las preguntas
científicas: por qué el universo se ha tomado la molestia de existir.
¿Eso significa que moriremos en nuestra
ignorancia? Pascal reconoce que apenas sabemos lo que es un cuerpo vivo; menos
aún lo que es un espíritu; y no tenemos la menor idea de cómo pueden unirse
ambas incógnitas formando un sólo ser, aunque eso somos los hombres. Otro
matemático y filósofo como Pascal, Edmund Husserl, afirma que la ciencia nada
tiene que decir sobre la angustia de nuestra vida, pues excluye por principio
las cuestiones más candentes para los hombres de nuestra desdichada época: las
cuestiones sobre el sentido o sinsentido de la existencia humana.
No sabemos muy bien quiénes somos ni quién ha
diseñado un mundo a la medida del hombre, pero sospechamos que detrás de esa
ignorancia se esconde el fundamento de lo real. Los grandes pensadores de todos
los tiempos han sido personas obsesionadas por esa curiosidad. Todas sus
soluciones han sido siempre provisio-nales, pero han nacido de la experiencia
dolorosa de la gran ausencia. Pues al salir al mundo y contemplarlo, se les ha
hecho patente lo que Descartes llamaba el sello del Artista.
La ciencia nació para explicar racionalmente el
mundo, pero descubrió con sorpresa que la explicación racional del mundo
conduce muy lejos. Así surgió la filosofía, para explicar lo que hay más allá
de lo que vemos. Con otras palabras: cuando la ciencia se asomó a las
profundidades de la realidad material, descubrió que la realidad material no
era toda la realidad: había algo más. Ese algo más se esconde dentro y fuera de
la materia. Dentro de todos los seres aparecen dos cualidades inmateriales: el
orden y la finalidad. Pero es el ser humano quien acapara en su interioridad el
mayor número de aspectos inmateriales: sensaciones y sentimientos,
razonamientos y elecciones libres, responsabilidad y autoconciencia. El cuerpo
humano es estudiado por la Medicina y la Biología, pero la interioridad humana
exige una ciencia diferente. Fueron los griegos quienes se plantearon por
primera vez estas cuestiones de alcance metafísico.
Fuera de la materia también hay algo más, como
una tercera realidad. Lo mismo que el arqueólogo sabe que las ruinas son
huellas de espléndidas civilizaciones, cualquier hombre puede interpretar toda
la realidad como una huella: la de un artista anterior y exterior a su obra. En
ese momento empieza a filosofar. El historiador puede preguntarse quién pulió
el sílex o escribió la Odisea. El que filosofa se pregunta algo mucho más
decisivo: quién ha diseñado el universo.
Así, el intento de comprensión del laberinto nos
lleva a Dios. El tema de Dios quizá no esté de moda, y quizá no sea
políticamente correcto. Pero es que Dios tampoco es un tema, y está muy por
encima de las trivialidades de la espuma política. La razón humana llega a Dios
en la medida en que pregunta por el fundamento último de lo real. En esa misma
medida podemos afirmar, como Kant, que Dios es el ser más difícil de conocer,
pero también el más inevitable. De hecho, aunque está claro que Dios no entra
por los ojos, tenemos de Él la misma evidencia racional que nos permite ver detrás
de una vasija al alfarero, detrás de un edificio al constructor, detrás de una
acuarela al pintor, detrás de una página escrita al escritor. Esto lo expresa
de forma magnífica San Agustín:
Pregunta a la hermosura de la tierra, del mar,
del aire dilatado y difuso. Pregunta a la magnificencia del cielo, al ritmo
acelerado de los astros, al sol -dueño fulgurante del día- y a la luna -señora
esplendente y temperante de la noche-. Pregunta a los animales que se mueven en
el agua, a los que moran en la tierra y a los que vuelan en el aire. Pregunta a
los espíritus, que no ves, y a los cuerpos, que te entran por los ojos.
Pregunta al mundo visible, que necesita de gobierno, y al invisible, que es
quien gobierna. Pregúntales a todos, y todos te responderán: "míranos;
somos hermosos". Su hermosura es una confesión. ¿Quién hizo, en efecto,
estas hermosuras mudables sino el que es la hermosura sin mudanza?
La pregunta de Pilatos era retórica y no
esperaba respuesta. Por eso no la recibió. Pero si el gobernador romano se
hubiera tomado la molestia de informarse un poco más sobre el acusado, quizá
hubiera temblado al saber que aquel judío ya se había pronunciado al respecto
con una afirmación jamás oída a ningún hombre: "Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida.
3. Teniendo en cuenta las condiciones para elaborar un cuento, realice uno teniendo en cuenta la experiencia vivida en la salida pedagógica al parque de Chicaque.
4. Presente su portfolio según las condiciones dadas desde el comienzo del año. Recuerde que es consecutivo y debe contener lo más significativo del aprendizaje y las metacogniciones propuestas para cada sesión. Las fechas trabajadas en el segundo periodo fueron: marzo 20; abril 3, 10, 17 y 24; mayo 8, 22 y 29.
Cordialmente Doris Maldonado